Hay sonrisas que viven es cuerpos que no las merecen, como el metal precioso a menudo anida en la gris, fría roca. Hay sonrisas infinitas, sin límites, ni fronteras, cinceladas por la mano de un Dios caprichoso en rostros retorcidos y descompuestos por el dolor. Son sonrisas perfectas en fondo y forma, luchando por sobrevivir en cuerpos del todo imperfectos. Sonrisas capaces de sanar todas las heridas pero que conviven con la enfermedad en la más cruel de sus formas. Y cuando se abren, oh, se convierten en cascadas de risas que brotan sonoras, inundado un mundo otrora oscuro. Quitan sombras y dan luz, cierran miedos y abren esperanzas, suman certezas y restan dudas.
Hay sonrisas como la tuya. No dejes que se apague, te imploro. No todavía. Déjamela solo un instante más, porque si la pierdo, ¿con qué excusa podrá mi insignificante sonrisa seguir existiendo?
lunes, 23 de octubre de 2017
sábado, 21 de enero de 2017
Letras
Le encantaba escribir historias. Lo hacía desde la infancia. Cuando los otros niños cogían sus cajas de colores y dibujaban, ella elegía hilvanar palabras creando con ellas mundos imaginarios. Pasaba horas dibujando con palabras a un príncipe y su princesa, castillos de altas torres con dragones lanzafuegos , preciosas casas de rojos tejados en las que ella, sonriente, asomaba por una pequeña ventana, o veleros navegando mares llenos de peces y estrellas de mar.
Al crecer, se dio cuenta de toda la magia que cabía en su pluma. Esa sensación inexplicable de tenerla entre los dedos, lista para salir a recorrer las líneas invisibles del folio en blanco. En apenas minutos, inventaba mundos a su medida, donde ella podía sentir que pertenecía y los adornaba con personas interesantes, a las que podía hacer decir todas aquellas cosas que anhelaba escuchar.
En esos mundos de tinta, ella nunca resultaba herida, ni despreciada. Muy al contrario, ella era siempre la heroína de sus historias, fuerte, bella, perspicaz, curiosa y feliz. Siempre se escribía feliz.
Aprendió que su pluma y sus folios en blanco la mantenían segura del mundo exterior, de los gritos y peleas, del olor a tabaco y alcohol, de los golpes. En su mundo de letras, no existía el dolor.
jueves, 2 de junio de 2016
Jendara
Jendara cantaba como los ángeles. Era gorda, grande y fea pero Dios, que ni da todo ni quita todo, le había otorgado un don. Su voz, aterciopelada y profunda, no acariciaba tan solo oídos. No. La voz de Jendara encontraba la manera de adentrarse por los poros y metérsele a uno debajo de la piel, hasta que sin poder remediarlo, uno sentía erizarse el vello y era capaz de sentir con ella su pena, su alegría, en escasas ocasiones, o su desgarro.
Jendara nació desafortunada y, en lugar de un pan debajo el brazo, trajo a su ya depauperada familia una boca más que alimentar. Su padre, un borracho empedernido y hombre de mal vivir, no se lo perdonó nunca y desde bien pequeña se lo hizo saber, con sus golpes, sus desprecios y esas ganas de tocarla y manosearla que Jendara tuvo que soportar tantas veces. Pero Jendara, oh, Jendara cantaba. Cantaba mientras tendía la ropa o mientras, de rodillas, fregaba el rudo suelo de cemento de la pequeña chabola. Y su voz aliviaba la desesperación de las decrépitas vidas que habitaban aquel infierno y, en ocasiones, la suya propia.
Soñaba con que un día escaparía del horror, del aliento de su padre borracho, de las lágrimas amargas de su madre, de las caras sucias y hambrientas de sus hermanos. Y cantó, y siguió cantando... y su lamento, convertido en fado, quedó flotando como espesa niebla sobre las colinas de Rocinha.
Jendara nació desafortunada y, en lugar de un pan debajo el brazo, trajo a su ya depauperada familia una boca más que alimentar. Su padre, un borracho empedernido y hombre de mal vivir, no se lo perdonó nunca y desde bien pequeña se lo hizo saber, con sus golpes, sus desprecios y esas ganas de tocarla y manosearla que Jendara tuvo que soportar tantas veces. Pero Jendara, oh, Jendara cantaba. Cantaba mientras tendía la ropa o mientras, de rodillas, fregaba el rudo suelo de cemento de la pequeña chabola. Y su voz aliviaba la desesperación de las decrépitas vidas que habitaban aquel infierno y, en ocasiones, la suya propia.
Soñaba con que un día escaparía del horror, del aliento de su padre borracho, de las lágrimas amargas de su madre, de las caras sucias y hambrientas de sus hermanos. Y cantó, y siguió cantando... y su lamento, convertido en fado, quedó flotando como espesa niebla sobre las colinas de Rocinha.
miércoles, 1 de junio de 2016
El olvido
Se acercó a la ventana helada. Hacía unos segundos apenas que él había salido de su vida, cerrando la puerta tras de sí. Desde su lado del frío cristal, lo observó alejarse cabizbajo, con las manos en los bolsillos, como si cargase el peso del universo sobre sus hombros.
La despedida en sí, no le extrañaba. Ese amor, como tantos otros, había nacido muerto. Sabían desde el primer instante que tenía las horas, los días contados. No había podido ser desde el principio y, sin embargo y a pesar de todo, ambos se habían empeñado en enredarse en él, tejiendo con cada momento juntos una maraña de lazos y nudos que ahora tocaba deshacer.
Tanto compartido... ¿cómo empezar? Empezaría por olvidar sus ojos. Esos ojos que eran como abismos profundos dónde ella había aprendido a zambullirse. Podía intentar olvidar también sus manos. Eran fuertes y huesudas y ella habría podido pasarse horas tomándolas entre las suyas, o sintiéndolas recorrer cada centímetro de su piel mientras ella cerraba los ojos, entregada. Podía olvidar sus brazos, sin duda, o sus labios, o su pelo rebelde, ese que sus manos habían peinado tantas veces, sin éxito alguno.
Podía olvidarlo todo, por partes, sin duda. Pero su esencia, esa que había tragado a pequeños sorbos, no la podría olvidar jamás.
Tanto compartido... ¿cómo empezar? Empezaría por olvidar sus ojos. Esos ojos que eran como abismos profundos dónde ella había aprendido a zambullirse. Podía intentar olvidar también sus manos. Eran fuertes y huesudas y ella habría podido pasarse horas tomándolas entre las suyas, o sintiéndolas recorrer cada centímetro de su piel mientras ella cerraba los ojos, entregada. Podía olvidar sus brazos, sin duda, o sus labios, o su pelo rebelde, ese que sus manos habían peinado tantas veces, sin éxito alguno.
Podía olvidarlo todo, por partes, sin duda. Pero su esencia, esa que había tragado a pequeños sorbos, no la podría olvidar jamás.
domingo, 27 de septiembre de 2015
La curva
La encontró sentada en el pequeño muro de piedra, al fondo del jardín, con las olas rompiendo a sus pies. La observó en silencio. Ella, reflexiva, le pareció sumergida en alguna nostalgia que la mantenía alejada, su cabeza ligeramente inclinada y el viento alborotando su pelo, iluminado por los últimos rayos de la tarde.
Los ojos de él descendieron lentamente por la curva de su nuca hasta sus hombros, suavemente redondos. Se detuvieron ahí, apenas unos segundos y continuaron por su camisa de hilo entreabierta, hasta la profundidad de su escote. Sintió un deseo casi irrefrenable de sumergir su rostro en su pelo y absorber su olor, su esencia, sin hablar... solo respirando.
Lentamente, se dió la vuelta, y se alejó por el mismo sendero que lo había llevado hasta ella, dejándola sola con sus pensamientos. Y él quedo también, para siempre, solo con los suyos.
Los ojos de él descendieron lentamente por la curva de su nuca hasta sus hombros, suavemente redondos. Se detuvieron ahí, apenas unos segundos y continuaron por su camisa de hilo entreabierta, hasta la profundidad de su escote. Sintió un deseo casi irrefrenable de sumergir su rostro en su pelo y absorber su olor, su esencia, sin hablar... solo respirando.
Lentamente, se dió la vuelta, y se alejó por el mismo sendero que lo había llevado hasta ella, dejándola sola con sus pensamientos. Y él quedo también, para siempre, solo con los suyos.
martes, 1 de septiembre de 2015
Las palabras jamás pronunciadas
Él la veía pasar todas las mañanas por el camino de adoquines que bordeaba la zona verde que se extendía delante de facultad. Mientras fingía leer unos apuntes o charlar animadamente con sus amigos, la observaba casi sin aliento: la liviandad de su paso, su pelo a menudo alborotado por el aire, su sonrisa, siempre puesta. Parecía tan lejana, tan perfecta, tan inalcanzable. Hubiera querido decirle tantas veces que esperaba cada día en el mismo lugar para verla pasar, que deseaba tanto hablar con ella, pedirle que tomaran juntos un café... nunca lo hizo.
Ella aceleraba su paso siempre que se acercaba a la verde extensión de hierba en frente de su facultad. Su pulso, anticipando el momento, latía mas rápido. Podría haber cogido un camino más corto, pero anhelaba verlo cada día sentado allí, charlando con amigos o, en ocasiones, solo.. hojeando unos apuntes o un libro. Parecía tan cercano, tan humano, tan tangible. Deseaba acercarse, sin mas, preguntarle su nombre y decirle que le encantaría tomarse un café con él... nunca lo hizo.
El tiempo pasó pero ninguno pudo olvidar las manos que no entrelazaron, los besos que nunca se dieron, las palabras jamás pronunciadas.
Soledad
Las monjas debieron haberla llamado Soledad. Ellas le habían puesto Leonor, un nombre altisonante y pretencioso, mucho más adecuado para una niña de tirabuzones rubios de la alta sociedad. Soledad, sí, sin duda, ese debió haber sido su nombre.
Ella había nacido sola. Su madre, una adolescente de un barrio marginal de Bogotá, había muerto En su lucha por sacarla al mundo, antes de que ella viese la luz, en un callejón oscuro cerca de un convento. Fue Sor Engracia quien se la encontró moribunda y llamó a los servicios médicos. Tras una carnicería sobre el cuerpo inerte de su madre, ella vino al mundo.
En el orfanato, siempre estuvo sola. Era morena y feucha… una más entre los tantos niños morenos y feuchos recogidos en aquel centro. No podía recordar una sola caricia, ni una palabra amorosa, aunque a ella, en su inocencia infantil y a falta de referencias, los parcos cuidados de las hermanas se le antojaban muestras de cariño.
Fuera del orfanato, su vida no fue mejor y acabó prostituyéndose por apenas unos pocos pesos para malvivir. Entre las chabolas y el hambre, la soledad se hizo notar aún mas.
Por eso, cuando nació su hija, morena y feucha como ella, tuvo claro como se llamaría. La dejó, envuelta en una manta sucia a las puertas del mismo convento donde ella creció. En un trozo de papel húmedo por las lágrimas, con su hosca caligrafía de analfabeta, escribió en letras mayúsculas SOLEDAD.
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